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Facundo Cabral



Después de tantos años de caminar
aprendí que hay una sola religión,
el amor,
hay un solo lenguaje,
el del corazón,
hay una sola raza,
la humanidad...

No soy de aquí, ni soy de allá
no tengo edad, ni porvenir
y ser feliz es mi color
de identidad...

                                     

                                  (Facundo Cabral - Lo Cortez no quita lo Cabral)

Guaranteed

 Hay placeres en los bosques sin senderos.
 Hay éxtasis en una costa solitaria.
 Esta sociedad, donde nadie se inmiscuye.
 Por el océano profundo, y la música con su rugido:
 No amo menos al hombre, pero sí más a la naturaleza.

 Lord Byron (fragmento de Into de Wild)

¿Quién quiere vivir para siempre?


¿Quién quiere vivir para siempre? Supongamos que en algún momento el hombre descubre, encuentra o inventa un elixir que nos dé inmortalidad. ¿Cómo sería la vida entonces? Me atrevo a suponer que todo sería tomado con suma liviandad, casi ridiculizando cualquier situación. Nosotros, los humanos, adjudicamos a la muerte el fin de la ruta del camino incierto y vivimos en base a eso. Todas nuestras acciones, directa o indirectamente recaen en ese pensamiento. ¿Cómo y qué hacer mientras vivimos, sabiendo que no vamos a morir?
¿Habría dolor? ¿Habría rencor de aquel que prefiere morir y "dejarnos"? Almacenar recuerdos en nuestra memoria sería ridículamente imposible, y los mismos responderían más a la imaginación que a la realidad pasada. Seguramente llevaríamos todos los vicios al extremo, abusando de cada segundo para extender al límite las posibilidades. Podríamos conocer todos los países, lugares y personas. Estudiar, amar, trabajar, realizar todos los deportes una y otra vez hasta que pasemos el nivel promedio. Pero, realmente. ¿Quién quiere vivir para siempre?
Y la respuesta no debería una mirada autodestructiva de uno mismo o del ser humano. Sino que tiene ser algo más profundo, algo que salga de las entrañas. Siempre fui de los que sostienen que para aprovechar y disfrutar un momento, primero tenés que haberlo sentido ausente. En el caso de la inmortalidad, se cumpliría. Primero: la sensación de que algún día se va a apagar la luz; y segundo, la certeza de que eso no va a suceder.
Pero de todas formas, reformulo: ¿Quién quiere vivir para siempre?


Digamos que este escrito salió así por dos concretas razones. Así:
1-Película que me comentó cali "Mr. Nobody".
2-Escuchar "Who want to live forever" de Queen (banda de sonido de la película "Highlander").
HEY YOU!
- All in all it's just another brick in the wall -

La situación es así: hoy (14-07) por la mañana me robaron del bolsillo una radio. Estaba subiendo al colectivo de la línea 15, y como siempre llega repleto de personas, es normal que muchos se amontonen en la puerta. Horario de trabajo manda, y por lo visto, también para los ladrones. “¿Al que madruga Dios lo ayuda, no?” Muy bien por ellos que se toparon con un pichi como yo. Una vez adentro del colectivo me saco los auriculares de las orejas para poder pedirle al chofer que me cobre un peso con veinte. Hecha la compra del boleto, intento volver a escuchar a Juan Pablo Varsky (radio Rock And Pop), pero no pude. Simple, ya no había radio.

Lo curioso de esta situación es que desencadenó en mí un millar de pensamientos de todo tipo. Primero los obvio xenófilos que supe descartar rápidamente, luego la ira hacia cualquiera que me rosara o me pidiera permiso para pasar y unos segundos después el “acostumbramiento”. Si, nada más claro para explicar que esto. Sencillamente me acostumbre rápidamente al sentimiento de ser el gil al que recién le habían robado. Una especie de habituación amplificada en fracción de segundos. El razonamiento debe de hacer sido así: -… ¿Y claro, cómo no me van a robar? Pero ¿Por qué? Y bueno porqué sí, porque a cualquier gil le roban, y porque es normal que roben alguna boludez así. -...

Crease o no, me molesto mucho más este detalle, esta especie de conclusión en la que todo parecía lógico y casi matemático, que el hecho mismo de haber sido víctima del hurto. No es la primera vez que me quieren robar, pero si la primera que me roban. Es un detalle nomás, pero el hecho de no haberle visto la cara a ese hijo de puta me perturba mucho. Es como si en vez de haber sido una persona la que lo hizo, lo hubiese hecho un X, un fantasma que me castiga por algo. Por mi abundancia, por mi suerte, por mi pasar o por algo más que no se.

Volviendo al punto del “acostumbramiento” (que mi razonamiento delimitó), no me pareció algo ilógico, algo increíble que jamás podría suceder. Y precisamente eso es lo que desencadena este escrito. ¿Hasta qué punto naturalizamos la mierda que nos rodea y justificamos las acciones de los demás, (sea ladrón o no, sea el tráfico, sea lo que sea), y sobrellevamos una vida con estos razonamientos, que a priori, no parecen nada “normales”? Seguramente esté siendo muy extremista y generalizando demasiado, pero que importa si al fin y al cabo las políticas se toman de la misma forma. ¿Por qué no habría de caer yo en el mismo error y pensar que esto es una injusticia? ¿Pensar que no me lo merezco? O también, ¿Por qué no a mí?

Hay hechos profundamente peores y superiores en daños y efectos a este, pero insisto, no es al hecho a lo que apunto; sino a pensar sobre las cosas que suceden así y en como así las vivimos. Es normal que pase lo que pase.

Viajar en colectivo es inhumano, desde donde se lo mire. La cantidad de personas que se permite subir no es la consentida y ni siquiera la apropiada. La frecuencia es una regla (si es que realmente existe) completamente utópica que no se cumple en ningún horario. En los asientos para discapacitados, embarazadas o personas mayores con movilidad reducida; parece jugarse un deporte perverso en el que triunfa el que mejor se haga el dormido, obvio, para que esos se queden paraditos durante todo el viaje. Del subte solo me voy a limitar a decir: Ídem, sumado obviamente al temita de estar circulando la ciudad unos cuantos metros bajo tierra, con toda la ausencia del aire.

¿Podría seguir? Sin lugar a duda. Podría por caso enumerar las horas perdidas arriba de un colectivo, que parece gatear en una cuidad colapsada por autos privados. O también dar un simple ejemplo: 40 minutos de ida y los mismos de vuelta para ir a la facultad (siendo muy benévolo y sin contar el viaje al trabajo), dan como resultado unos 80 m. por día. De lunes a viernes, son 400 minutos de viaje; al mes son 1600. Y si pasamos la cuenta por año, nos da como resultado, 19.200 minutos de viaje anual. ¿Saben cuánto representa esto en días? Casi 14 días. Los mismos días que tenemos para vacacionar. ¿Es normal? Digo, ¿Trabajar 11 meses, viajar 15 días y vacacionar los mismos?

Acá, no hay conclusión ni tampoco hipótesis. No es un ensayo del estilo Sabato, ni mucho menos pretende serlo. Solo es un escrito, mitad ira mitad desahogo. No tiene análisis previo ni estructura definida, y es como tal, una pura escupida de pensamientos que se contradicen y se expanden casi sin sentido. Escrito con uñas y dientes, narrado sin orden. Solo es así, sin búsqueda alguna.

FM
Acerca de la escritura
(fragmento del Fedro de Platón)


Sócrates: Pero nos resta examinar la conveniencia o inconveniencia que pueda haber en lo escrito. ¿No es cierto?

Fedro: Sin duda.

Sócrates: ¿Sabes cuál es el medio de agradar más a los dioses por tus discursos escritos o hablados?

Fedro: No, ¿y tú?

Sócrates: Puedo contarte una tradición de los antiguos, que conocían la verdad. Si nosotros pudiésemos descubrirla por nosotros mismos, ¿nos seguiríamos preocupando aún de lo que los hombres hayan pensado antes que nosotros?

Fedro: ¡Pregunta ridícula! Cuéntame, pues, esa antigua tradición.

Sócrates: Pues bien, oí que cerca de Náucratis2, en Egipto, hubo un dios, uno de los más antiguos del país, el mismo al que está consagrado el pájaro que los egipcios llaman Ibis3. Este dios se llamaba Teut. Se dice que inventó los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, así como los juegos del ajedrez y de los dados, y, en fin, la escritura. El rey Tamus reinaba entonces en todo aquel país, y habitaba la gran ciudad del alto Egipto que los griegos llaman la Tebas egipcia, y que está bajo la protección del dios que ellos llaman Ammon. Teut se presentó al rey y le mostró las artes que había inventado, y le dijo lo conveniente que era difundirlas entre los egipcios. El rey le preguntó de qué utilidad sería cada una de ellas, y Teut le fue explicando en detalle los usos de cada una; y según que las explicaciones le parecían más o menos satisfactorias, Tamus aprobaba o desaprobaba. Dícese que el rey alegó al inventor, en cada uno de los inventos, muchas razones en pro y en contra, que sería largo enumerar. Cuando llegaron a la escritura dijo Teut:
«¡Oh rey! Esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener.
–Ingenioso Teut –respondió el rey– el genio que inventa las artes no está en el mismo caso que el sabio que aprecia las ventajas y las desventajas que deben resultar de su aplicación. Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida.»

Fedro: Mi querido Sócrates, tienes especial gracia para pronunciar discursos egipcios, y lo mismo harías de todos los países del universo, si quisieras.

Sócrates: Amigo mío, los sacerdotes del santuario de Zeus en Dodona decían que los primeros oráculos salieron de una encina. Los hombres de otro tiempo, que no tenían la sabiduría de los modernos, en su sencillez consentían escuchar a una encina o a una roca, con tal que la roca o la encina dijesen verdad. Pero tú necesitas saber el nombre y el país del que habla, y no te basta examinar si lo que dice es verdadero o falso.

Fedro: Tienes razón en reprenderme, y creo que es preciso juzgar la escritura como el tebano.

Sócrates: El que piensa transmitir un arte, consignándolo en un libro, y el que cree a su vez tomarlo de éste, como si estos caracteres pudiesen darle alguna instrucción clara y sólida, me parece un gran necio; y seguramente ignora el oráculo de Ammon, si piensa que un escrito pueda ser más que un medio de despertar reminiscencias en aquel que conoce ya el objeto de que en él se trata.

Fedro: Lo que acabas de decir es muy exacto.

Sócrates: Éste es, mi querido Fedro, el inconveniente, así de la escritura como de la pintura; las producciones de este último arte parecen vivas, pero interrógalas, y verás que guardan un grave silencio. Lo mismo sucede con los discursos escritos: al oírlos o leerlos crees que piensan, pero pídeles alguna explicación sobre el objeto que contienen, y te responden siempre la misma cosa. Lo que una vez está escrito rueda de mano en mano, pasando de los que entienden la materia a aquellos para quienes no ha sido escrita la obra, sin saber, por consiguiente, ni con quién debe hablar, ni con quién debe callarse. Si un escrito se ve insultado o despreciado injustamente, tiene siempre necesidad del socorro de su padre, porque por sí mismo es incapaz de rechazar los ataques y de defenderse.

Fedro: Tienes también razón.

Sócrates: Pero consideremos los discursos de otra especie, hermana legítima de esta elocuencia bastarda; veamos cómo nace y cómo es mejor y más poderosa que la otra.

Fedro: ¿Qué discurso es y cuál es su origen?

Sócrates: El discurso que está escrito con los caracteres de la ciencia en el alma del que estudia es el que puede defenderse por sí mismo, el que sabe hablar y callar a tiempo.

Fedro: Hablas del discurso vivo y animado, que reside en el alma del que está en posesión de la ciencia, y al lado del cual el discurso escrito no es más que un vano simulacro.

Sócrates: Sin duda. Pero dime: un jardinero inteligente que cuidara mucho a sus semillas y que quisiese verlas fructificar, ¿las plantaría en verano en los jardines de Adonis4, para tener el gusto de verlas convertidas en preciosas plantas en ocho días? O más bien, si hiciera tal cosa, ¿podría ser por otro motivo que por pura diversión o con ocasión de una fiesta? En cambio con las semillas que más le interesaran seguiría indudablemente las reglas de la agricultura, y las sembraría en un terreno conveniente, contentándose con verlas fructificar a los ocho meses de sembradas.

Fedro: Seguramente, mi querido Sócrates, él se ocuparía de las unas seriamente, y respecto a las otras lo miraría como un recreo.

Sócrates: Y el que posee la ciencia de lo justo, de lo bello y de lo bueno, ¿tendrá, según nuestros principios, menos sabiduría que el jardinero en el empleo de sus semillas?

Fedro: Yo no lo creo.

Sócrates: Después de depositarlas en agua negra, no irá a sembrarlas con el auxilio del cálamo y con palabras incapaces de defenderse a sí mismas e incapaces de enseñar suficientemente la verdad.

Fedro: No es probable.

Sócrates: No, ciertamente; pero si alguna vez escribe, sembrará sus conocimientos en los jardines de la escritura para divertirse; y formará un tesoro de recuerdos para sí mismo, para que cuando llegue la edad en que se resienta la memoria –y lo mismo para todos los demás que lleguen a la vejez– pueda regocijarse viendo crecer estas tiernas plantas. Y mientras los demás hombres se entregan a otras diversiones, pasando su vida en orgías y placeres semejantes, él recreará la suya con la ocupación de que acabo de hablar.

Platón, Fedro, 274c-277a


1 El texto completo de esta traducción de Patricio Azcárate puede consultarse en:
http://www.e-torredebabel.com/Biblioteca/Platon/Platon.htm Algunos pasajes de este fragmento fueron modificados para facilitar la comprensión del texto.
2 Náucratis, ciudad fundada por comerciantes de Mileto en torno al 650 a. C. Hacia el 560, el rey Amasis (XXVI dinastía) la convirtió en puerto privilegiado para el comercio griego. La prosperidad de Náucratis acabó con la conquista, en el año 525, de Egipto por Cambises.
3 Pájaro sagrado de la mitología egipcia, representación del dios Thot. Continuamente buscaba alimento y, por ello, llegó a considerársele dios de la inteligencia.